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Africa en el Uruguay(1)

Tambores sagrados y tamboriles profanos

Por Daniel Vidart (*)

En el Día del Patrimonio el Uruguay recuerda y exhibe la herencia cultural africana traída por los esclavos en la época colonial. Daniel Vidart, antropólogo, escritor, viajero, ciudadano del mundo como él se autodefine, ofrecerá, a partir de este domingo, una serie de notas sobre las relaciones culturales existentes entre el África y las negritudes rioplatenses.

Mucho se ha dicho y escrito entre nosotros acerca de las cuerdas de tambores de la comparsa afrouruguaya. El repiqueteo de los tamboriles se ha convertido, dentro y fuera de fronteras, en uno de los rasgos más notorios de nuestra identificación como pueblo, y no identidad como nación.

La identidad tiene que ver con el nosotros afectivo, con el ser y sentir profundos, con la peripecia existencial de la persona o de la comunidad. Apunta a una escala de valores vernáculos, de de modelos ejemplares, de sentimientos colectivos, de tradiciones comunes, de memorias compartidas, de formas plenarias de ser y parecer.

La identificación, en cambio, constituye una operación cognitiva, un testimonio de lo que se contempla, se palpa y se escucha. Opera como una mirada desde afuera y no como un palpitar desde adentro. Es la descripción del cómo somos , o el como son , cuando nos miran desde otro universo cultural, y no la dramática pregunta acerca del ¿quiénes somos?

Para entender lo dicho sin mas explicaciones basta con fijarse en la mal llamada cédula de identidad. En ella nada se dice acerca de nuestra identidad íntima : es solamente un documento de identificación.

La fotografía, el nombre y demás datos enseñan la cáscara, no el grano del Yo, donde lo afectivo y lo volitivo se conjugan en el ser o en el querer ser que ascienden desde la profundidad de la conciencia a la afirmación de la existencia.


Niger and black, nègre et noir : de lo despectivo a lo descriptivo
Y bien. Hoy quiero referirme al significado, función y majestad de los tambores en las culturas subsaharianas, a los que procuraré comparar con los que repican en las ya clásicas llamadas del Barrio Sur.

Y bien. Hoy quiero referirme al significado, función y majestad de los tambores en las culturas subsaharianas, a los que procuraré comparar con los que repican en las ya clásicas llamadas del Barrio Sur.

Lo hago como homenaje a nuestros compatriotas negros no me gusta el término morenos, edulcorado y escapista. Se trata de un despectivo epíteto español que evocaba a los moros del África, presentes en la invasión de los berberiscos islamizados capitaneados por Tarik (711), cuyo color era atezado, no negro.

Tampoco quiero recurrir a la voz melanodermos, que suena a meloso academicismo. Por otra parte, la naturaleza de las realidades geográficas obliga a preguntar si es correcto decir afromontevideano, afrouruguayo o afroamericano. Los tres epítetos mentan al África total, al Continente Negro, como descuidadamente se le llama.

Quien conozca de primera mano este macizo espacio terrestre sabe que el desierto del Sájara tiende una inmensa barrera estéril erg, reg y hammada mediante, eriales del calor y la sed- entre el África Blanca, bañada por el Mar Mediterráneo, hogar de bereberes o bérberes(1) camitoparlantes y árabes semitoparlantes, y el Africa negra, que va desde Bilad as-sudan´e ( Sudán, el pais de los negros en árabe) al mundo de las selvas y praderas donde habitan las tribus de la macroetnia bantu. Este patronímico, que en el África se pronuncia sin acento, significa nosotros los hombres .( Ba-ntu)

En la inmensa región subsahariana viven los negros. Y eso de negro no quita ni pone rey. Decir negro no es proferir un insulto, como acaba de establecerlo la legislación colombiana. Se trata de un calificativo neutro, que no glorifica ni rebaja. Al hablar así nos estamos refiriendo al envoltorio externo, al color de la piel del individuo, no a la dignidad moral o el calibre intelectual de la personas.

Dicha voz no afecta la condición ciudadana, esa que empareja jurídica y socialmente a todos los uruguayos sea cual fuere el color de su epidermis, un mero accidente provocado por la concentración o ausencia de un pigmento llamado melanina.

La cultura, antropológicamente considerada,(2) es lo que cuenta, no la nariz chata o afilada, el pelo motoso o los bucles rubios. Llevemos a un negro retinto de New Orleans a la floresta congolesa, dejémoslo librado a sus fuerzas y recursos, y a los pocos días morirá de hambre y de miedo. No se lleva en la sangre la habilidad para sobrevivir en la manigua: solo las tecnologías utilizadas por las culturas tribales sirven para hablar de tú a tú con el universo selvático.

Cuando se menea la sucia cola del prejuicio se dice niger en USA y nègre en Francia. En cambio, la simple alusión al color de la piel recurre al black inglés y al noir francés, voces ligadas a juicios de realidad y no a juicios de valor. Entre nosotros también se cuecen habas. Más de una vez la mugre racista, que lamentablemente abunda, ensucia la condición humana de nuestros semejantes de piel oscura: miro con desprecio y trato con desdén a quienes llaman negros de mierda , ya de viva voz, ya en su íntima convicción, a los dignos compatriotas y conciudadanos descendientes de esclavos.


Tambores y dioses
El tamboril de la comparsa carnavalesca es un instrumento desacralizado. Su ritmo, festivo y profano a la vez, despierta emociones, conmueve y alegra a un tiempo, pero solo se trata de la respuesta de un membranófono al sabio golpeteo de las manos, esos cerebros externos del hombre, como dijera Kant.

En el África profunda las cosas son distintas. En uno de sus libros, (Die Atlantische Gottenlehre, 1926), Leo Frobenius ofrece representaciones de manos esculpidas en tres tipos de objetos cilíndricos, entre los que se destaca un tambor de los bankuto del Congo. Dichas manos son las que desde hace milenios llaman a los seres suprahumanos, las que abaten lluvias de tensos dedos sobre los parches, las que acarician las estructuras de madera de los dioses-objeto , así llamador por Marc Augé.

Hablemos, pues, de los tambores del África Negra. En estos seres heráldicos no solo la membrana de origen animal cuenta en la generación del sonido. El alma del tambor es la lonja y el cuerpo es la madera. Los dos reinos de la Naturaleza se conjugan para que en ellos palpite el corazón rítmico del cosmos. Y de la presencia de lo numinoso, que está mas allá de lo humano, brota el sonido hondo y potente que crece en la humedad de la selva, ese corazón de las tinieblas al decir de Conrad.

El rumor sagrado conjura las fuerzas femeninas de la Madre Tierra y las potestades masculinas del Cielo, el Padre lejano que hace cantar a las estrellas en la inmensidad sonora de las galaxias. Es decir, el simbolismo del tambor está mentando la música de las esferas de los pitagóricos.


Los tamborileros yoruba
Los yoruba de Nigeria poseen una confraternidad de tamborileros, los oniku, diestros en el manejo de los anya, los tambores-dioses. Dichos tambores no llaman a las divinidades ni las celebran. Ellos mismos son dioses. Año tras año se reúnen los oniku para reverenciar a los seres sobrenaturales. Los interrogan con el golpeteo da las palmas de sus manos, los abrazan y así los transportan, reverentes y temblorosos. El clamor de los parches, cuando desata su tempestad, es tremendo: eriza los pelos de la nuca, provoca trances y posesiones, sobrecoge y conmueve.

Hay que relacionar ese trueno sagrado de allende el Atlántico con la tardía entrada de los negros y sus tambores en los carnavales montevideanos, fiestas del medioevo europeo que se manifestaban como apoteosis del ruido. Acá, en nuestra orilla, el borocotó-chas-chas es la omatopeya de un ritmo impecable e implacable, cuyo signo terrenal revela una deculturación, una huída de lo sagrado. Pero la gracia de lo profano también es disfrutable en el mundo en que nos ha tocado vivir, que no es el mejor de todos los posibles, como decía Leibniz, sino que, popularmente hablando, es lo que hay .

En cambio, el hombre del África profunda golpea en las puertas del misterio y avizora, al abrirlas, los paisajes del Mas Allá por los que transitan, rumor y esplendor a la vez, los señores del Universo.


Los dioses lovedu
También los tambores son dioses entre los lovedu, una de las tribus sudafricanas integrantes de la macroetnia bantu. Estos venerados instrumentos se dividen en dos categorías: los del toque profano, semejantes a los de nuestras llamadas, y los del toque sagrado, los digomana, tambores dioses rematados en su parte inferior por un trípode que impide el contacto con la tierra. No solamente deben estar lejos del suelo: únicamente admiten el golpeteo y la caricia de las manos. En los tambores del toque profano se utilizan manos y palillos.

Los digomana rechazan todo aquello que sea inerte e inanimado: solo el pulso y repique de la vida puede estremecer sus lonjas. Los dioses piden dedos amaestrados, músculos veloces, piel desollada, a veces sangrante, cayendo sobre los tensos parches robados a la zoología.

Cuando hay sequía y las sementeras están sedientas, entonces empiezan a tronar estos tambores. Sus sones trepan hasta el reino aéreo del agua, hasta el vientre de las nubes, que también son diosas, como lo dijo Aristófanes en una de sus comedias.

Así, sin pausas, durante seis días consecutivos envían su perentorio mensaje de ayuda a los cerrados cielos. Para que llueva y llueva incesantemente, para que los surcos escavados con la azada se aneguen y las semillas se conviertan en plantas y las plantas alimenten a la tribu. Siempre llegan las aguas, diluviales a veces.

Entonces los tambores callan, y descansan los dioses en ellos guardados y por ellos protegidos. Han cumplido con sus hijos esperanzados y hambrientos. Son dignos de fe. Y para celebrar esa fé no traicionada regresan los otros, los locos tamboriles de la danza y el canto. Cuando su viento sonoro comienza a sacudir las hojas de los árboles y las delgadas espadas de la hierba, estalla el bochinche tribal de la alegría. Los dioses han escuchado el ruego de los hombres.

Pero no termina aquí el cuento. Cada uno de esos instrumentos divinizados tiene un nombre propio. El mayor, que sobrepasa el metro de largo, se llama fatate, y su sonido es lúgubre, sombrío, propio de un señor de las tinieblas; el más pequeño, que no llega a los cuarenta centímetros, se denomina rengüeli y canta como un tenor, con estridentes agudos, finos como agujas.

Situados entre ambos extremos figuran dos más, de voces y tamaños intermedios. A uno se le dice tanga, y de aquí al tangó de los negros que, como rezongaba el Gobernador Elío, no dejaba dormir a los montevideanos de principios del siglo XIX, no hay más que una letra. El otro se llama pekahare y su repique junta todos los sonidos del aire y el malhumorado gruñido de la salvajina selvática.

Al igual que los tamboriles chico, repique y piano que integran actualmente las criollas cuerdas de tambores, y el bombo, que se ha dejado de tocar, cada uno de estos dioses africanos con cuerpos de madera y parches de oreja de elefante, o cuero de búfalo o antílope, según los tipos, posee un tono distinto. Suenan todos juntos o en parejas, colmados de alusiones al ambiente circundante: ya vuelan como ecos de lejanos rugidos, ya aletean como los pájaros, ya cantan con la voz de los antepasados.

El tambor es la vida y da vida. Atiza las brasas de la memoria. No deja morir las tradiciones. Hace danzar, bajo la luna, a los vivos y a los muertos, tomados de la mano.Y así debe ser, porque detrás de la diversidad de los instrumentos y los sonidos palpita la unidad del Universo, esa gigantesca vasija invertida que transforma las estrellas en luciérnagas.


El mundo de los tongas
La doble misión o vocación de los tambores se revela también en el caso de los tongas de Zambia , Zimbabwe y Botswana. El muntchinchti es sagrado y su rítmico trueno parece brotar de las cavernas donde moran los espíritus.

Al igual que aquellos tambores de piel de serpiente que emitían su fúnebre plañido en Malinalco, el templo excavado en la roca del mexicano valle de Toluca, los muntchinchti, cuando muere un reyezuelo, levantan su pausada y solemne voz noche adentro. Una dialéctica sutil acalla las contradicciones e impone la ley de los complementarios.

Efectivamente, en el recibimiento jubiloso de una cosecha abundante comienzan a sonar nuevamente, pero esta vez el rimo se vuelve frenético: celebra el regreso del alimento, de la alegría, del amor, de la vida. Thanatos y Eros van juntos: se repite la antitesis griega, pero esta vez en acto y no en teoría, como sucede con las pulsiones propuestas por Freud, aquel zurzidor de almas.

El anverso cotidiano de este ir y venir entre la felicidad y la desdicha está constituido por un conjunto de tamboriles fiesteros, los chico-lombane, cuyo zumbido de botánicos moscardones ( la conversación de los tambores , así llamada por nuestro querido y llorado Ayestarán ) acompañan las tareas del diario vivir, los virtuosos desafíos de los buenos ejecutantes, las ceremonias de paso, el nacimiento, desarrollo y declinación del cuerpo human, que tan maravillosamente mimara Marcel Marceau.


Y ahora los munduku
Max Glucksmann (Khinship and marriage among the Lozi of Northern Rhodesia and the Zulu of Natal, 1950) nos habla de una extraña relación existente entre los muenduko, los tambores reales, y el reyezuelo de los lozi. Mientras vive el monarca los tambores saturan la noche con el pulso de sus latidos. Certifican que el rey goza de buena salud, la que asegura, por magia simpática, la de sus súbditos. Escribe el citado antropólogo: Los tambores son la propia vida del rey. Cuando calla su voz, el rey muere. La respiración del sonido son los pulmones del monarca. Mientras el muenduko haga sonar su ronca voz todo va bien, pues la salud del pueblo es el reflejo de la salud real .

Pero el pueblo tiene también sus tambores, los maoma, que representan el ser colectivo, el espíritu de cuerpo de la tribu. Cuando el rey muere el tambor real queda en silencio. Solamente se oyen, en monótono monólogo, los tambores del pueblo. No pueden dejar de sonar pues de lo contrario todo signo de vida desaparecería.

Cuando es elegido otro monarca se realiza un acto por demás significativo. El nuevo rey se sienta sobre un maoma, es decir, se apoya en el pueblo que lo sustenta, y a la vez lo monta, para que le obedezca. Cumplida esta ceremonia comienza a latir el poderoso corazón del muenduko, el tambor real. Y entonces, con voz ligera, cambiando el ritmo, le contestan los tambores del pueblo. El equilibrio se ha restablecido. La vida sigue su curso normal. Los tambores del pueblo y los tambores reales conversan sosegadamente entre si.


Macho y hembra ; muerte y vida
Francis Bebey, escritor, periodista y músico camerunés, publicó en 1969 un libro sobre La musique de l´Afrique. Quiero dar fin a esta breve presentación de los tambores de la negritud con sus palabras: Cuando las manos de los falis de Camerún caen sobre los parches de dos tambores en el momento de la muerte de una persona, la perennidad de lo humano la trasciende, aunque la vean de frente, al alcance de la mano.

Un tambor es la esencia de lo femenino; el otro la esencia de los masculino. Cuando suenan juntos está naciendo una criatura que ocupará el lugar del ser que ha expirado .

El yin y el yang chinos, la armonía de los contrarios proclamada por los presocráticos y el eterno resurgir de los ecosistemas, como nos enseña la ecología, esa biología al aire libre, son resumidos, sin discurso explicativo, sin metafísica implícita, sin teología inquietante, por la voz de los tambores africanos que, al cabo, es la voz de los dioses. Los dioses son la vida. Y la vida siempre puede más .


Referencias
(1) Bereber deriva de bárbaro, voz que los griegos aplicaban al extranjero que no hablara su idioma. Los bérberes, como es mas correcto decir, se llaman a sí mismos imazighen, hombres libres

(2) La cultura no es el privilegio de las elites del saber, de quienes ostentan buenas maneras o de las gentes ilustradas. Todas las sociedades humanas son cultas. Hay culturas prealfabetas, tradicionales, populares y académicas. Ninguna es superior a la otra: son distintas; están funcionalmente adaptadas al medio natural y humano. Así como la Naturaleza es lo dado la cultura es lo construido por los hombres mediante las convenciones, los símbolos y las tecnologías.


(*) Antropólogo, poeta y escritor. Uruguay


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