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Cristina y Kirchner, en el giro político más nítido de cinco años

Por Eduardo van der Kooy (*)

El Gobierno pareció recuperar ayer un poco de cordura. Hablar del Gobierno refiere de modo inevitable al matrimonio Kirchner, más allá del papel de presidenta de Cristina Fernández y de jefe del peronismo que tiene su marido: entre ambos consumaron ayer el giro político tal vez más perceptible que haya dado el kirchnerismo en cinco años.

¿En qué consistió ese giro? En dos aspectos. El matrimonio comprendió por primera vez que la única vía para intentar una descompresión del conflicto con el campo pasaba por someterlo a un debate amplio, como venían reclamando los ruralistas y la oposición.

Las enmiendas unilaterales, ensayadas varias veces por el poder, nunca sirvieron y, además, fomentaron la crispación social. El matrimonio pareció entender también, aunque la palabra pública no lo haya registrado con nitidez, que las expresiones de protesta ciudadana de los últimos días venían escalando de manera inconveniente. Cristina y Kirchner no lo admitirán, pero estuvieron inquietos las últimas noches en Olivos.

Kirchner aseguró en su conferencia de prensa que ningún dirigente lo llamó para quejarse por la realización del acto de hoy en la Plaza de Mayo. Ese acto, a la luz de lo ocurrido ayer, aparece como un sobrante.

Pero el ex presidente recibió constancia, por medio de varios gobernadores y de por lo menos un par de intendentes bonaerenses, de la creciente intranquilidad en el interior y en el conurbano. El lunes a la noche sonaron cacerolas también en Avellaneda, Lomas de Zamora y Tigre. Y no sólo en segmentos acomodados de esos barrios.

La búsqueda de una salida posible, sin embargo, había comenzado antes. Poco antes. El viernes Cristina conversó con Alberto Fernández, el jefe de Gabinete, y con Carlos Zannini, el secretario Legal y Técnico, la posibilidad de derivar el polémico plan de retenciones al Congreso. Un día más tarde ingresó en la historia Julio Cobos.

El vicepresidente sugirió a Cristina el envío al Congreso del plan social anunciado hace una semana, que se ejecutaría con la recaudación de las retenciones extraordinarias a la soja. El domingo Cobos se enteró del giro completo que había resuelto dar el Gobierno.

Conclusión: la carta pública del vicepresidente exhortando al diálogo y reclamando un papel activo del Congreso en el conflicto resultó funcional a la estrategia oficial. En esas horas se dejó correr un rumor enviciado que indicaba la existencia de un pleito en ciernes con el matrimonio Kirchner, de las características que padeció Daniel Scioli en su tiempo.

Pero las imágenes de ayer sirvieron para desmentirlo casi todo: Cobos fue elogiado por Kirchner, mantuvo un diálogo con Cristina que exudó cordialidad y regresó al Senado envuelto por un aura de triunfo. Nada de eso habría sido posible si el prólogo hubiera estado signado por aquella mentada confrontación.

¿Estaba el Gobierno en condiciones de haber fomentado también esa hipotética crisis? No lo estaba, a menos que hubiera querido hipotecar definitivamente su futuro. El conflicto con el campo le había desgajado una parte significativa del peronismo.

La agudización del conflicto había levantado otras voces críticas, como las de Mario Das Neves, de Chubut, y Celso Jaque, de Mendoza. La prepotencia de Luis D'Elía alarmó a un amplio abanico de otros peronistas, entre los cuales se hizo notar el sanjuanino José Luis Gioja. Los radicales K venían empujando a Cobos para lograr una mayor participación para ayudar a salir de la encrucijada. Al final la tuvieron.

Cristina hizo el trabajo institucional cuando en el acto de la Casa Rosada en homenaje a los caídos por el bombardeo de 1955 anunció el despacho de las retenciones móviles al Congreso. Kirchner había empezado antes a despejar un horizonte político poblado de nubarrones. Desmontó pieza por pieza la teoría sobre la supuesta intención golpista agazapada detrás del conflicto que él mismo alentó en estos cien días. Sólo se ensañó con Cecilia Pando.

Apartó a D'Elía y defendió la figura de Eduardo Duhalde. Intentó con ese mecanismo cicatrizar algunas heridas abiertas en el PJ. No tuvo ni un reproche para los mandatarios ni dirigentes provinciales peronistas -Juan Schiaretti, de Córdoba, Carlos Reutemann, en Santa Fe y Jorge Busti, en Entre Ríos- que no lo acompañaron.

Tal vez no haya sido eso lo más saliente de su conducta de ayer. Kirchner apareció como una persona equilibrada, con verdades, mentiras y ocultamientos, pero distante de la sombra enfurecida que creció con el calor del conflicto. Distante también del ex presidente exaltado que, por desdicha, pisó la Plaza de Mayo el último sábado por la noche.


(*) Periodista. Argentina


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