Por Esteban Valenti (*)
Que nuestro ideal sea el más alto. No seamos prácticos. No intentemos mejorar la ley, sustituir un borceguí por otro. Cuanto más inaccesible aparezca el ideal, tanto mejor. Las estrellas guían al navegante. Apuntemos enseguida al lejano término. Así señalaremos el camino más corto. Y antes venceremos.
Rafael Barret
En algún muro de América Latina una mano ingeniosa escribió la consigna: “Basta de hechos, queremos promesas”. Suena raro en un mundo que exige practicidad, concreción, pie a tierra, reclamar algo tan etéreo como las promesas. Y sin embargo, es una clave del futuro de la izquierda, no podemos renunciar al romanticismo y a la épica del cambio.
Si la izquierda pretende asegurar su futuro compitiendo con la derecha o con el centro sobre la base principal y casi exclusiva de los resultados de la gestión del poder y de la administración de este sistema y estas estructuras, podrá ganar alguna batalla, pero perderá inexorablemente la guerra. El ejemplo de Italia es abrumador.
Si ustedes preguntan a un buen analista norteamericano, cual fue el gran cambio que produjo Barack Obama en la política local, todos coinciden en un punto: desde John Kennedy no hay un personaje político que logró construir su discurso sobre promesas, sobre entusiasmos, sobre una nueva épica de la construcción y el destino de los Estados Unidos. La épica de las ideas, la renovación no es sólo un desafío para la izquierda. Es mucho más general, lo es para la política. Para la izquierda es vital.
La administración más eficiente, más transparente del sistema tiene las patas cortas y la derecha logra a corto o a mediano plazo revertir los procesos. Incluso en algunos casos en los que se obtienen buenos resultados. Como podría ser el caso de Uruguay y otros países de América Latina.
Si no logramos construir ideas, proyectos, promesas innovadoras de cambios que le den valor, significado y épica a la política de la izquierda, que nos fijen horizontes ambiciosos y complejos, perdemos primero la batalla cultural y luego la batalla política.
La profundidad de los cambios en una sociedad no se mide solamente por los indicadores económicos y sociales – que son muy importantes – se mide también en la generosidad, en la solidaridad en la sensibilidad de esa sociedad, de todas las generaciones y en especial de los jóvenes.
Aceptar que el principal desafío para la izquierda es ser capaces de alimentar las ansias de consumo ilimitado y lo más superficial posible, es un suicidio. Ellos – la derecha y en especial la derecha cultural – siempre podrá proponer algo más y sobre todo algo a lo que nosotros nunca llegaremos: el mayor egoísmo, el desprecio, o por los emigrantes o por los pobres y sus limitaciones. Cuando un líder blanco dice que los pobres deben “agachar el lomo” y es aplaudido con entusiasmo, está sintetizando no la cultura del trabajo, sino la de la desintegración.
Los que han quedado fuera del mundo y la cultura del trabajo no son culpables, es la sociedad, es la fragmentación y la pobreza educativa e incluso moral que les hemos impuesto. Esas son las causas. Tres o cuatro generaciones de pobres, sobre pobres, generan una fractura que llevará mucho tiempo soldar, y no sólo mucha plata, sino mucha inteligencia y sensibilidad. Pero para entender eso hay que ganar la batalla cultural.
La alcaldía de Roma la perdió todo el centro izquierda unido, incluso los que fueron divididos en las elecciones nacionales, luego de 15 años de gobernar y presentando como candidato a una de las principales figuras de la izquierda Franceso Rutelli. Ganó Giovanni Alemanno que proviene del ex partido neo fascista (MSI- DN) y que ahora integra el partido de Berlusconi. Ganó con dos banderas: seguridad y xenofobia. Lo demás son adornos. Y desde la escalinata del Campidoglio algunos de sus partidarios saludaban con la mano extendida, al peor estilo fascista. En el año de gracia 2008, en la ciudad de Roma.
Si pretendemos que las promesas sirven para encubrir nuestra incapacidad para gestionar el poder, para obtener resultados, en la economía, en los ministerios, en las alcaldías, entonces, no sirven para nada. La izquierda debe aceptar y ganar la batalla por las cosas concretas y bien hechas, pero debe integrarla a un ciclo que pasa obligatoriamente por generar nuevas necesidades, nuevas culturas, nuevas expectativas sociales y nuevos valores. De lo contrario el IRPF termina siendo un debate sobre miserias en las que se involucran, inclusive, connotados dirigentes de izquierda. Para tomar sólo un ejemplo.
No podemos, no debemos, pasar de la promesa de resolver todos los problemas de la historia, de las sociedades, de la lucha de clases y del destino de la humanidad de un solo y definitivo saque a prometer una buena y eficiente gestión.
No confundamos el realismo, el sentido de la política y de la capacidad de interpretar los deseos de una sociedad en un determinado momento, de hundir nuestras raíces en la realidad para cambiarla, con hundir también la cabeza debajo de la tierra. No es lo mismo.
Tenemos que mantener limpia, iluminada, señalizada, bacheada, transportada, segura, con estructuras y servicios de calidad a nuestras ciudades y comunas, pero además, tenemos que construir en la sociedad y con la sociedad el diseño de la ciudad futura. Y en otro plano del campo futuro, que es parte fundamental del Uruguay. ¿Estamos discutiendo sobre eso? ¿Nos estamos entusiasmando con esos proyectos?
Si el debate sobre la educación, en un país como Uruguay -donde seguimos viviendo de la realidad y del mito fundacional de la educación como el factor integrador y de identidad nacional- termina siendo un debate sobre las componentes del 4.5% y sobre otros temas económicos, vamos muy mal. Perdemos la batalla de las ideas. O si discutimos sobre otra variante de lo mismo: sobre el poder en la educación.
Un amigo mío comentando los resultados electorales de Italia me dijo que “cuando la política abandona las ideas, gana el que promete mas”. Y en esa carrera la izquierda e incluso el centro izquierda no tiene ninguna chance, porque hay límites impuestos por su propia historia, sus tradiciones, su cultura. La derecha no tiene límite, ni para prometer rebajar los impuestos, expulsar a los inmigrantes, aplicar mano de hierro y apelar a las instintos más primarios de las sociedades.
En el espiral de abandonar los valores y las ideas y precipitarnos en un espiral que rebaje a la sociedad no tenemos ninguna capacidad de competir. Por ello la batalla es antes que nada cultural, es ideal, es ideológica. Por eso sigue existiendo derecha e izquierda, aunque algunos quieran camuflar todo debajo de la eficiencia, del gerentismo, de la exaltación de la eficiencia. Sarkosy ganó las elecciones con esas banderas y en este corto periodo ha logrado colocarse ante la opinión pública como el más ineficiente y pasivo presidente de la historia de Francia. El mismo Sarkosy que convocó a la derecha y a la sociedad a sepultar el mayo francés.
En este año del 40 aniversario del mayo francés es bueno y necesario recordar un aspecto esencial de aquella gran explosión juvenil y cultural, su romanticismo. “La imaginación al poder”, “Seamos realistas pidamos lo imposible”, o “Debajo del asfalto está la arena” fueron inventadas por verdaderos dinamiteros de la cultura dominante, era poesía rebelde y profundamente revolucionaria. György Lukàcs, ese pensador que aportó tanto a las ideas de izquierda, al marxismo renovador y removedor -en particular en su visión de la relación entre los grandes ideales y las cosas concretas y cotidianas-, fue sin embargo un gran romántico. Su aproximación inicial al capitalismo fue desde el romanticismo. Es que el romanticismo desde la propia revolución francesa fue un componente esencial de las ideas de progreso, de cambio y revolucionarias.
La aparente contracara de esta batalla por las ideas, es el “pobrismo”, la idea de que debemos convencer a la mayoría de las sociedades que hay que vivir al borde de la pobreza, en plena austeridad. Es una tentación evidente. Es simplemente la contracara del fenómeno descrito anteriormente, pero del mismo signo, con la incapacidad de proponer ideas, es la incapacidad de la izquierda de avanzar hacia la historia y no contra ella, es la negación del progreso como idea rectora de la historia y cuna de la izquierda hace más de dos siglos. Aunque debemos reconocer que tiene una carga mucho más romántica que cierto pensamiento práctico y ejecutivo de la izquierda.
Siempre hubo grupos, sectas, religiones que promovieron la pobreza y la austeridad y desde el punto de vista de la sensibilidad pueden ser comprendidos y valorados, desde el análisis de las tendencias universales del desarrollo, del progreso, del avance de la humanidad nunca aportaron mucho. Sólo una ética de la sensibilidad.
La izquierda y los proyectos de cambios no pueden ser derrotados por los televisores, las computadoras, los refrigeradores y los mínimos niveles de confort. Veamos otras experiencias.
La utopía cono todo su romanticismo si se usa como panacea para encubrir todas las incapacidades de la izquierda es muy peligrosa. A ellos, a la derecha, a las fuerzas conservadoras, le dejamos la realidad y nosotros nos replegamos sobre lo imposible, sobre lo inalcanzable. Derrota asegurada.
La batalla y sobre todo el conflicto central es por las ideas, por las promesas y por los rumbos y caminos para alcanzarlas y para generar nuevas y más revolucionarias ideas y metas. Sin achancharnos nunca. Hay que tener siempre presente que el poder achancha, al que lo tiene y duerme en sus arrullos. Nuestro destino como izquierda es que nunca alcanzaremos la victoria final. Ese es una de las mayores lecciones que nos debería dejar la caída del muro, como ejercicio democrático pero sobre todo filosófico.
(*) Periodista. Coordinador de Bitácora. Uruguay.