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En busca del arca perdida: la productividad en la era digital

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Por Luis Cárdenas (*) (La paradoja de kaldor)

Los efectos más importantes de la digitalización no recaerán sobre la productividad, sino sobre los salarios, la calidad del empleo y la sostenibilidad ecológica.

En la actualidad existe un gran debate sobre los efectos del proceso de digitalización de la economía, el cual consiste en fomentar la "interconectividad" de las actividades de producción y distribución como resultado del abaratamiento de las tecnologías que obtienen y procesan información. Esto permite tanto automatizar en mayor medida la producción de bienes físicos como poder procesar grandes volúmenes de datos. La principal novedad consiste en la extensión de estas tecnologías a sectores que tradicionalmente habían sido intensivos en mano de obra.

 

Esta nueva oleada tecnológica promete incrementar la productividad en su sector de origen (la producción de Tecnologías de la Información y la Comunicación o TICs), pero, al generalizarse, puede mejorar también la productividad del resto de sectores (mediante efectos escala, aglomeración, desbordamiento, aparición de nuevos productos y mercados, etc.).  

 

A pesar de estos posibles efectos, no deja de ser llamativo que una parte de la literatura económica actual se muestre preocupada por el "estancamiento secular", y las moderadas tasas de crecimiento observadas en la productividad del trabajo en la mayoría de economías occidentales durante los últimos 30 años. Mientras que, a la vez, otra rama sostiene que el proceso de cambio tecnológico va a provocar mejoras muy sustanciales de la productividad, hasta el punto de reducir sensiblemente la necesidad de trabajo en las economías avanzadas.

 

Es cierto que la evidencia disponible es aún escasa, pero atendiendo a la adaptación de las técnicas productivas en el pasado podemos afirmar que el cambio tecnológico incluye tanto factores que acelerarán la productividad como otros que la frenarán.

 

Centrándonos en estos últimos, podemos distinguir los siguientes:

 

En primer lugar, existe la conocida "paradoja de Solow", que señala que a pesar del espectacular incremento de las TICs, la electrónica y el resto de innovaciones recientes, estos cambios no pueden competir con anteriores saltos tecnológicos. Probablemente por estar más basados en innovaciones del producto que del proceso de fabricación en sí mismo. En consecuencia, las economías occidentales atraviesan por una ralentización en las tasas de crecimiento de la productividad laboral respecto a las tasas vistas en el pasado.

 

Segundo, existen cuellos de botella por el lado de la demanda. Ya que la velocidad de asimilación de nuevas tecnologías depende más de la fortaleza de la demanda para sostener dichos cambios tecnológicos de forma rentable, que de las propias disponibilidades técnicas. En otras palabras, no es suficiente que exista la posibilidad del cambio técnico sino que también es necesario que haya una demanda suficiente para asimilarlo.

 

Tercero, existen límites ecológicos relevantes. Hay que considerar que los nuevos equipos y productos adaptados a la digitalización pueden implicar una fuerte demanda de insumos minerales y energéticos que ralenticen, o imposibiliten, la adopción a gran escala del cambio tecnológico.

 

Cuarto, como sabemos el cambio técnico puede ser tanto complementario como sustitutivo del trabajo. En este segundo escenario, puede darse una destrucción de empleo que es más productivo que la media, lo que reduciría su posible impacto sobre la productividad en el conjunto de la economía. Dado que la introducción de la automatización se va a desarrollar especialmente en sectores de elevada capitalización, y que son los que precisamente ya presentaban niveles de productividad superiores en términos relativos (como la industria manufacturera).

 

Otro efecto relevante es que el cambio tecnológico provoque la desaparición de producción y empleo en un entorno de rendimientos crecientes a escala. Esto se debe a la tendencia a la customización y la elaboración individualizada de la producción, que en consecuencia reduce la escala productiva en sectores que disfrutaban hasta ahora de las ventajas de la fabricación en serie.

 

Sexto, se debe tener en cuenta también la desaparición de complementariedades entre la empresa y sus proveedores y clientes. Si bien los efectos desbordamiento pueden ser positivos, nada garantiza que la concentración de la fabricación no implicará la desaparición de los vínculos habituales entre las empresas y su entorno, lo que reduciría así la producción de la economía en su conjunto.

 

La reducción de demanda de trabajo en los sectores más intensivos en capital liberará mano de obra que provocará una transferencia de empleo hacia sectores intensivos en trabajo. De tal forma que los flujos de empleo pueden llevar a un incremento del número de trabajadores en sectores con productividades inferiores a la media, lo que ralentizará la productividad del conjunto de la economía, pero también limitará la destrucción de empleo ("efecto Baumol").

 

Por último, existen límites al propio cambio del modelo de organización productiva, ya que los sectores que hasta ahora han sido intensivos en trabajo es improbable que se transformen rápida y estructuralmente. Precisamente, al haber mano de obra disponible existirán menores incentivos para convertirse en sectores intensivos en capital.

En definitiva, es de esperar que la digitalización impacte positivamente en la productividad del trabajo como sostienen las visiones más tecno-optimistas, pero también es bastante probable que se produzcan elementos de contrapeso que eviten crecimientos exponenciales de la productividad en su conjunto. Por ello, lo más probable es que veamos incrementos de la misma en la línea vista en las últimas décadas. Por todo ello, los efectos de la digitalización más importantes no serán sobre la productividad, sino las consecuencias que puede tener sobre los salarios, la calidad del empleo y la sostenibilidad ecológica.

 

Si continuamos enfocando el cambio desde la perspectiva de las relaciones oferta y demanda, y desde ésta la visión de igualdad y desigualdad, o de crecimiento y productividad, estaremos interpretando los límites del Universo con gafas de presbicia.

 

Si partimos de que estamos ante un cambio histórico fundado en las propias infraestructuras y provisión de recursos básicos, como comprenderemos las herramientas analíticas con que contamos son obsoletas, y pese a explicar la evolución de la realidad cada día ésta es más distinta de la misma. Pero si además comprendemos que la oferta y demanda como perspectiva de enfoque, o en su versión desigualdad e igualdad, y desde las mismas en la interpretación de productividad y crecimiento, servían para una realidad anterior al cambio que vivimos como expresión o formas de nombrar el intercambio social. Si comprendemos que existe un solapamiento entre la sociedad que nace y la agonizante, con cambios que afectan al intercambio y a sus expresiones: oferta y demanda con sus distintas versiones, y no olvidemos que la teoría económica convencional se funda en ella. Si comprendemos que toda la teoría de la oferta y demanda se funda sobre una realidad nuda, la sociedad se basa en el intercambio y el propio acto de producción en sí, también es intercambio. Y que la madre del intercambio social es de origen económico, y dicho intercambio se basa en la propiedad y el trabajo. Ni que decir tiene que si comprendemos todo lo dicho, y que para la inmensa mayoría de la sociedad dicho intercambio se funda prioritariamente, cuando no exclusivamente, en el trabajo. Si comprendemos todo lo anterior, concluiremos que no podemos leer o interpretar más que con anteojeras los fenómenos económicos de una sociedad en la que muta el concepto trabajo, o desaparece el mismo como elemento central del intercambio, al usar dichas herramientas. ¿Qué sentido tiene la oferta y demanda con todas sus teorizaciones, que obedecen a una sociedad del intercambio basado en el trabajo, en una sociedad que deja o relega al mismo como eje de la relación o intercambio social...? Todavía operan y tienen capacidad predictiva los antiguos instrumentos, aunque como hemos podido comprobar cada vez más errática y menor, cuanto más se implementen los cambios en las infraestructuras, y fundamentalmente en las energías como elemento radical y crisol del florecimiento generalizado de la sociedad que está consolidándose, relegando al trabajo como elemento de intercambio más obsoletas e inservibles serán, pues estaremos andando una sociedad en que como las anteriores al capitalismo tendrán que contar con valores no dependientes directamente del trabajo (lo que no quiere decir una vuelta a la Edad Media, ni lo contrario). No hay más que mirar al Mundo, para ver como los status quo se rompen y transfiguran las alianzas, como ocurriera en momentos previos a los grandes cambios en infraestructuras, energía, comunicaciones e intercambio social-económico...; que coincidieron también con los momentos previos a las anteriores Guerras Mundiales. Aunque en esta ocasión, una Guerra Mundial podría conllevar la desaparición de la especie e incluso del Planeta. Estamos ante una sociedad de la revolución del conocimiento y su comunicación, que está apoyándose en la necesidad de alternativa a las energías fósiles para impulsarlas, y con ella se impulsará un modelo diferente de infraestructuras, industrias y productos exnovo. Pero a diferencia de otros momentos la destrucción creativa no operará en igual forma, pues las máquinas construirán máquinas de forma más eficiente. La interconexión de las cosas inteligentes con mayor número y mejores sensores a tiempo real, implementarán la automatización cuasi completa de grandes sectores económicos. Eso y no otra cosa, explica que China con una masa salarial de bajo coste comparativo ,aunque este floreciendo una nueva clase media, sea el país que más impulsa con diferencia la robotización productiva. Toda esta capacidad tecnológica acelerada puede ayudarnos a crear utopías o distopías, dependiendo de cómo lo hagamos. E incluso puede llevarnos a la destrucción como especie, si los parámetros que seguimos utilizando son fríos cálculos contables en corto, mirando con anteojeras los límites del Universo. Pero una cosa es segura, la productividad unidad de tiempo-producto (no la de productividad contable o espúrea) ha experimentado un salto de gigante en todas las industrias y sectores, desde la recolección automática de la aceituna, pasando por la construcción y llegando al sector servicios (banca, turismo, administración...), así como a las funciones de multitud de profesiones liberales. Aunque es cierto que medido en términos monetarios el PIB y la productividad, al abaratarse los costes y aumentando las prestaciones y servicios a salto de Titanes, pueda parecer contablemente que no ha sufrido una revolución. Pero cualquier trabajador, de cualquier sector económico, sabe cuántos operarios hacían falta para realizar unas funciones y cuántos las hacen hoy. Un cordial saludo.

 

(*) Luis Cárdenas es profesor asociado en la Universidad Isabel I. www.paradojadekaldor.com 


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