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26.9.22

Del Aleph a Funes el memorioso

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Por Esteban Valenti (*)

El peor divorcio de nuestro tiempo, el más peligroso, el que representa un retroceso de la civilización, es el que existe en forma creciente entre la política y la filosofía.

El Aleph (Álef según el diccionario de la Real Academia) la inmensa mayoría lo conocemos por el cuento de Jorge Luis Borges, pero es la primera consonante del alfabeto hebreo, la primera letra del alfabeto persa y del alfabeto arábigo  y entre sus muchos significados es el poder transformador, la energía creadora, el poder de la vida y el poder cultural pero sobre todo el principio y el fin de la condición de atemporalidad y totalidad.

En el cuento del escritor argentino Borges describe el Aleph como "una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor", cuyo diámetro sería "de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba allí, sin disminución de tamaño". Sería el punto mítico del universo donde todos los actos, todos los tiempos (presente, pasado y futuro), ocupan "el mismo punto, sin superposición y sin transparencia". De lo cual se desprende que el Aleph representa, tal como en Matemáticas, el infinito y, por extensión, el universo.

No se impacienten ya llegaremos o trataremos de llegar a la actualidad.

"Funes el memorioso" es otra obra del mismo autor, y su protagonista es un joven fraybentino tullido de 19 años que sufre de hipernesia y sería una larga metáfora del insomnio del sabio, que le permite recordar todo los que ve y darle incluso un  nombre, es la totalidad del conocimiento humano pero llevado al nivel de distinguir y recordar por ejemplo cada hoja de un árbol que ve desde su ventana, o aprender el latín perfectamente en muy pocos días.

Tienen en común ambas obras la pretensión del conocimiento total, bastante frecuente en la obra de Borges y tiene directa relación con las doctrinas, las definiciones político-filosóficas absolutistas, que contienen una visión completa y ordenada del mundo, de las sociedades, de la vida de los seres humanos. De Borges se puede tener muchas opiniones, difícilmente que fuera un hombre de izquierda, es que esa tentación totalizadora, existe desde el inicio de los tiempos.

Ahora, a la distancia, con los golpes y los naufragios, pero también con los éxitos yo recuerdo cuando estudiaba y era devoto de una doctrina, con dos apellidos, que era total, capaz de cubrir el conjunto de la economía, de la sociedad, del papel de las personalidades, de las clases sociales, de las organizaciones políticas, de la historia de las naciones y de las revoluciones, de las clases sociales, de la cultura, el arte y hasta de la épica y de la estética y construir su propia moral. No estaba detenida ni en la esfera del Aleph ni en la portentosa memoria de Funes, había además descubierto el método para ser eterna, insuperable, capaz de responder todas las interrogantes humanas y de la naturaleza, incluso en relación a una genética propia y hasta repudiar la cibernética, como una disciplina herética.

Esa pretensión totalista, absoluta, para interpretar la historia y la filosofía, tiene raíces profundas y previas, el gran filósofo alemán Friedrich Hegel con su dialéctica con la determinante influencia del pensamiento clásico occidental, con la herencia que viene desde Aristóteles.

Y no estoy escribiendo un "relato", hablo de hechos históricos y comprobables, de una doctrina que apoyamos con pasión millones de hombres y mujeres, y hasta se hicieron matar por esa plenitud y totalidad del saber que permitiría construir un mundo de libertades y justicias absolutas y eternas y que sin esa base filosófica nunca hubieran sido posibles.

Ese mundo no era una utopía, como la imaginó Tomás Moro, fue una realidad que cambió buena parte de la faz de la Tierra y que siendo una doctrina para millones de seres humanos, unos cuantos millones en el poder, o dentro de ese poder y muchos menos que antes, como parte de sus vidas presentes y sobre todo pasadas. Y terminó en un gran derrumbe.

En este mundo actual donde la política y la filosofía se separan día a día y todo parece obedecer a la gestión, a la administración, a supuestas leyes del mercado surgidas desde el fondo de la antropología y que ha cavado una zanja cada día más profunda entre los políticos y la vida cotidiana de las personas, referirse a esta parte de la literatura que relata a través de sus personajes aspectos que dominaron el mundo político, del poder, militar y económico, parece un ejercicio estéril.

Los que hayan tenido el aguante y la paciencia de seguir leyendo por la curiosidad del desenlace deben saber que no se puede hacer solo propaganda sobre la necesidad de que la política vuelva a encontrarse, a entrelazarse con la filosofía, hay que tratar de aportar. La crítica es esencial para un posible aporte.

Previo a esa "ciencia" que interpretaba y resolvía todas las preguntas, hubieron momentos donde la filosofía fue el combustible de grandes cambios de civilización, sin los enciclopedistas no hubiera existido la Revolución Francesa, en sus enormes avances, en sus tragedias, en sus derrotas y retrocesos.

Sin el Renacimiento, no hubiera sido posible la Enciclopedia y el renacimiento intelectual que fue la base de todo el proceso histórico tan lleno de avances y deslumbrantes descubrimientos y resultados en todas las ciencias, naturales y sociales y sobre todo que nos permitió salir del lado más oscuro de la Edad Media.

Hoy el mundo vive, mejor dicho se sumerge. paso a paso hacia una nueva edad oscura, llena de tecnología y mucho más llena de incertidumbres sobre el clima, sobre los equilibrios mundiales, sobre la marcha de la cultura, de la producción, de las sociedades. Y no hay en el horizonte ningún Renacimiento, ningún Aleph o un memorioso que nos ayude, ni siquiera la más potente de las memoriosas computadoras cuánticas. Falta filosofía, falta humanidad y sobra un mundo líquido, gelatinoso.

Estamos agobiados por las descripciones, de una pandemia que nos diezmó, con millones de enfermos y muertos, de guerras hipócritas, unas que se ocultan otras que son rutilantes y en el centro del mundo y aunque la historia nunca se repite, cada día nos parecemos más al siglo XIV, el más nefasto de la historia, signado por la peste negra que terminó con un tercio de la población de Europa, la Pequeña Edad de Hielo, que cambió el clima del norte de Europa causando grandes hambrunas y el inició la guerra de los Cien Años en Francia, la más larga de la historia de la humanidad. El conflicto se trasladó a España por la guerra civil en Castilla por la disputa del trono. El Imperio otomano se expandió a costa de un Imperio Bizantino muy debilitado.

No todo sucedía en Europa. En Asia Tamerlán estableció un enorme territorio islámico en Medio Oriente y Asia Central, el tercer mayor imperio de la historia. Sus campañas militares causaron 17 millones de muertos, un porcentaje importante de la población de esos territorios y en ese siglo.

América todavía no había recibido la visita de los futuros conquistadores y dos grandes civilizaciones, los Mexicas y los Incas desarrollaban todo su esplendor y su poder.

Después de esa catarata de tragedias en Euroasia vinieron los siglos XV y XVI distinguidos por el Renacimiento, aunque los más vistosos componentes fueron artísticos, también se produjeron fundamentales avances en las ciencias tanto humanas como naturales y a partir de Florencia, Italia, se extendieron a toda Europa.

El Renacimiento se basó en las ideas de humanismo y por lo tanto una nueva concepción del ser humano y del mundo, a partir elementos de la cultura greco-latina y a una actitud de libertad en la investigación y las ideas frente al rígido mundo medieval y de esa forma sustituyendo la centralidad de dios, por la centralidad del ser humano. Siglos en el que se iniciaron las grandes navegaciones tanto desde Europa, como desde China, hacia América y África.

En el mundo actual es fácil encontrar los rasgos dramáticos del siglo XIV e imposible de encontrar rescoldos o nuevos fuegos de un Renacimiento.

La batalla por el progreso, por el avance de las naciones y los pueblos no será solo el resultado de un rebote frente a las múltiples crisis y guerras que padecemos, serán posible solo si construimos las ideas de un nuevo renacimiento, sin las pretensiones del Aleph ni de Funes el memorioso, incorporando todo el sentido crítico que aprendimos en estas décadas del siglo XIX, XX y XXI.

(*) Esteban Valenti. Trabajador del vidrio, cooperativista, militante político, periodista, escritor, director de Bitácora (www.bitacora.com.uy) y Uypress (www.uypress.net), columnista en el portal de información Meer (www.meer.com/es), de Other News (www.other-news.info/noticias). Integrante desde 2005 de La Tertulia de los jueves, En Perspectiva (www.enperspectiva.net). Uruguay


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