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19.7.21

Feminismo: la indecencia de Emmanuel Macron en el Foro Generación Igualdad

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Por Lenaig Bredoux, Ellen Salvi (*)

En nombre de un "universalismo", que oculta mal otras crispaciones, Emmanuel Macron ha atacado las "lógicas intersectoriales" y el atuendo de las jóvenes. El "feminismo" que reivindica contribuye a forjar una visión parcial de nuestras identidades y sociedades.

El acontecimiento sirve para recordar al mundo el pretendido "progresismo" de Emmanuel Macron. Con ocasión del Foro internacional sobre los derechos de las mujeres "Generación Igualdad", organizado en París, el jefe del Estado finalmente ha hecho patente su visión conservadora de la sociedad francesa y su incapacidad para comprender el problema de las minorias. Bajo la capa de un "universalismo" que critica a las religiones pero ataca los atuendos demasiado escasos de las mujeres, y de un "feminismo" que implica finalmente una defensa de los "derechos de los hombres". Así, durante una entrevista concedida a la revista Elle, el presidente de la República francesa ha creído oportuno criticar las blusas o camisetas muy populares entre las jóvenes, que llegan por encima del ombligo, popularmente llamadas "crop tops". "En la escuela, soy partidario de "exigir un atuendo decente" tanto para las chicas como para los chicos. No defiendo el uniforme, pero todo lo que nos situe en una identidad, una voluntad de sorprender o existir, no tiene lugar en la escuela", ha afirmado, siguiendo la opinión defendida por su ministro de educación nacional, Jean-Michel Blanquer.

El día anterior, en un encuentro con invitados, Emmanuel Macron ya había enunciado su concepto de feminismo: "Reivindico ser feminista. Ser feminista por el hecho de que el feminismo es un humanismo. Y defender la dignidad de las mujeres y los derechos de los hombres. No son separables, porque la condición humana no es divisible." El jefe del Estado incluso ha terminado por borrar con una frase la dominación masculina multisecular: "Porque el combate de la Ilustración es un combate por la humanidad, y por ello por los hombres y las mujeres juntos, inseparables como destino y condición."

Esas declaraciones pueden parecer anecdóticas, ¡tanto se ha evaporado el espejismo "progresista" exhibido por el candidato de En Marcha durante la campaña de 2017 por el ejercicio del poder!  Al término de un quinquenio marcado por un discurso autoritario, con violencias policiales, restricciones de libertad, pisoteo de principios fundamentales, persecución de indocumentados y el nombramiento de un ministro del interior marcado por una denuncia de violación, no hemos de sorprendernos por continuar con formulas caducas. No son más que el reflejo del contexto general de despolitización que se ha instalado.

Pero en un momento en el que los investigadores se marginan a causa de sus trabajos, de ministros con escasa cintura; en que los parlamentarios debaten sobre el "separatismo", de asesoras con hiyab y de "bailes tradicionales", en el que los derechos de las mujeres están amenazados por doquier en el mundo, incluyendo Europa, esto es pura cháchara. Nos recuerda que nuestros gobernantes, también, tratan de controlar el cuerpo de las mujeres y por tanto su atuendo. Demasiado cubierto, si llevan hiyab, demasiado desnudo, si muestran el vientre, las mujeres no son "decentes".

La misma hipocresía burda se expresa en la composición de un gobierno que se exhibe como un pretendido "gran objetivo del quinquenio", al tiempo que se denuncia la "tiranía de las minorías" y de explicaciones "de hombre a hombre" con Gérald Darmanin. Un gobierno que se felicita, a golpe de videos edulcorados, cuando legisla ampliar la procreación médicamente asistida (PMA) a las lesbianas y mujeres sin pareja, a pesar de las restricciones criticadas por numerosas asociaciones. Después de diez años de espera y sin decir una palabra de disculpa para las que mientras tanto tuvieron que dejar su proyecto parental.

El "feminismo" reivindicado por Emmanuel Macron no es tal, dado que no defiende realmente la libertad de las mujeres. En realidad tiene otra función: contribuir a forjar una visión estrecha de nuestras identidades y nuestra sociedad. Por otro lado, el jefe del Estado se ha aprovechado del Foro Generación Igualdad, de ONU Mujeres -que no había exigido nada-, para arremeter contra la "interseccionalidad", concepto que consiste en pensar, de forma dinámica y entrelazada, las desigualdades y las relaciones de dominación, de clase, de sexo, de raza; pero también de edad, de orientación sexual, de discapacidad o de origen.

Forjado por militantes y retomado por investigadores, el concepto con frecuencia se ha caricaturizado en nombre de un pretendido "universalismo" que enmascara otras crispaciones. Es el sentido de la definición de feminismo que Emmanuel Macron ha expresado: "Sí, los derechos de las mujeres y las niñas son universales, como lo son el conjunto de derechos, en todas partes, todo el tiempo. Y no podemos ceder a una forma de retroceso de este universalismo". En su boca, este "universalismo", trata en realidad de juzgar, por ejemplo, el atuendo de las mujeres excluyendo a quienes piensan de forma distinta, entre ellos los partidarios de la interseccionalidad. Estos defienden también la universalidad de sus propósitos, como ha recordado recientemente la militante e investigadora Rokhaya Diallo en "À l'air libre".

Poco antes de las conclusiones del presidente de la República, una mesa redonda reunida en torno a la ministro encargada de la igualdad de hombres y mujeres, Élisabeth Moreno, con invitadas que defendían por amplia mayoría las mismas posiciones, cercanas a "Primavera republicana" y a su principal apoyo en el gobierno, la ministra delegada de la ciudadanía, Marlène Schiappa. También estaban presentes la ensayista Caroline Fourest, la escritora Rachel Khan y la humorista Sophie Aram. La rabina Delphine Horviller, que defiende una concepción más compleja de estos asuntos, completaba el elenco.

Convencido de la pertinencia de sus análisis, el jefe del Estado, lo volvió a repetir en las columnas de la revista Elle. "Veo a la sociedad racializarse progresivamente. Habíamos superado esta visión y ahora se vuelve a clasificar a las personas por la raza; haciéndolo así, se las sitúa bajo el punto de mira", ha afirmado, antes de añadir: "La ilegitimidad de alguien que es distinto de mí para representarme, a mí y mi subcategoría, que se puede descomponer en otros tantos subgéneros, es negar algo universal en la aventura republicana, nacional y humana".

Con su legitimidad, la que confiere a un hombre blanco de 43 años, que ocupa el máximo cargo de la República, la libertad de opinar sobre todo, Emmanuel Macron aprovechó para corregir las palabras de la directora Amandine Gay sobre lo dificil que es ser mujer y negra. "Podría presentarles a jóvenes blancos que se llaman Kévin, viven en Amiens o Saint-Quentin, y que también tienen inmensas dificultades, por diferentes motivos, para encontrar trabajo", dijo, como si la dimensión social estuviera excluida de la interseccionalidad.

Al explicar que "las dificultades sociales no solo se estructuran por el género y el color de piel, sino también por la desigualdad social", el Presidente de la República no está inventando nada nuevo. Sobre todo, retoma palabra por palabra los argumentos de Caroline Fourest y otros autoproclamados universalistas, ya digeridos durante mucho tiempo por ciertos ministros de su gobierno, a los que les gusta manipular conceptos que confunden y dominan mal. Después del asesinato terrorista de Samuel Paty, Jean-Michel Blanquer había criticado "una matriz intelectual proveniente de universidades estadounidenses y de las tesis interseccionales".

Al leer estas palabras, es imposible dejar de pensar en el breve ensayo de las investigadoras Éléonore Lépinard y Sarah Mazouz, Pour l´intersectionnalité (Anamosa, 2021). "Las groseras interpretaciones erróneas, malintencionadas y la patente ignorancia de las que actualmente son objeto estos trabajos de investigación forman parte de un maremoto reaccionario y autoritario que intenta engullir, con la interseccionalidad, los estudios críticos de la raza, la investigación poscolonial, el enfoque descolonial, los estudios de género y, sobre todo, cualquier teoría social crítica", escriben las dos sociólogas, una especialista en temas de género en Lausana, la otra investigadora del CNRS.

Sarah Mazouz es precisamente una de las dos investigadoras denunciadas en los últimos días tras la organización de una conferencia en Sciences-Po Paris, en la que Mathilde Cohen, también investigadora del CNRS y profesora de la Universidad de Connecticut, ha evocado la "blancura" a través del prisma de la comida. Que el tema desate opiniones contrarias no es el problema. Que desate una ola de acoso cibernético, por otro lado, si lo es. Las mujeres lo saben bien, porque ellas  son las primeras víctimas. Se llamen Mila, Alice Coffin o Rokhaya Diallo. Y piensen lo que piensen, nunca nunca se las acepta ni tiene en cuenta.

 

(*) Lenaig Bredoux. Periodista, colabora con Mediapart en temas relacionados con el feminismo y la política. Autora de "Tunis Connection, enquête sur les réseaux franco-tunisiens sous Ben Ali" (Seuil, 2012)

(*) Ellen Salvi. Periodista, redactora política de Mediapart.

Traducción: Ramón Sánchez Tabarés


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